
Hay decisiones que no parecen relevantes cuando se toman. No generan ruido, no activan alarmas, no se sienten urgentes.
El problema es que muchas de ellas no son decisiones explícitas, sino omisiones: no intervenir, no revisar, no ajustar, no cuestionar.
Desde la gestión, esas omisiones suelen justificarse con frases conocidas: “siempre se ha hecho así”, “no ha pasado nada”, “no es el momento”.
Pero toda omisión sostenida construye un escenario. Y ese escenario, tarde o temprano, se convierte en riesgo.
En contextos empresariales, el riesgo rara vez aparece de forma abrupta. Se acumula. Se normaliza. Se vuelve parte del paisaje operativo.
Ahí es donde el criterio se vuelve determinante.
Tener criterio no es saber más. Es decidir cuándo mirar de nuevo, incluso aquello que parece estar funcionando.
Porque decidir tarde también es decidir. Y casi siempre, es la decisión más costosa.
La pregunta no es si una organización toma decisiones. La pregunta es: ¿cuántas de ellas se están tomando por inercia?
Si este artículo te fue útil, ¡compártelo!